Una maravillosa vivencia entre 1940-45: Valorando la bella época del carnaval quillacolleño y su perdido encanto

Cochabamba, 26 de febrero (Red País).-

Walter Gonzales Valdivia

El recordado secretario del poderoso colegio Calama, Daniel Rojas Delboy, antes de dejar esta vida, nos legó un sabroso libro de semblanzas, anécdotas y cuentos de Quillacollo, como una contribución a la memoria histórica y la identidad provincial.
Rojas Delboy, a la manera de un cronista de nuestra ciudad, en 1996 nos dejó bellos relatos, de los que extractamos "Recuerdos de un carnaval de antaño", una pieza literaria para la antología quillacolleña.

 

Allá por los años 1940-45, Quillacollo marcaba una época de maravillosa vivencia. La animación y el entusiasmo por festejar el carnaval estaban en su apogeo.

La atención mayor se prestaba al martes, día destinado a la "ch'alla" donde ricos y pobres adornaban sus viviendas con serpentinas, globos inflados, la sahumería de k'oa que emanaba humos aromáticos y el tronar de cohetillos que intranquilizaban a los perros de la casa que huían despavoridos a esconderse donde creían estar seguros.

Las visitas en el vecindario eran recíprocas, donde a su turno se invitaban vasos de singani, coctelitos y chicha.
En diferentes barrios o zonas se formaban grupos de vecinos con sus instrumentos musicales, que salían del lugar tocando alegres coplas y versos que entonaban en coro. Por delante de las pandillas iban las mujeres ataviadas de ropa especial a manera de disfraces, bailando con los varones que no integraban el conjunto musical. Se dirigían a determinados domicilios, donde los anfitriones muy halagados por la visita, invitaban comida bebida y se bailaban algunas cuecas con interrupciones para brindar en "aro".

La farándula proseguía hasta otra vivienda. En algunas calles se sucedían encuentros con otra comparsa y frente a frente, al son de la música de carnestolendas se libraban contrapunteos con versos picantes que satirizaban a los integrantes del bando oponente.

CÉLEBRES COMPARSAS

Pasado este duelo verbal cantado, cada conjunto proseguía su camino. De aquellas épocas espléndidas de alegría, se conservan gratos recuerdos de comparsas que se distinguían por su originalidad, habilidad en la ejecución de instrumentos, amplio repertorio, como los de la familia Rico Candia, de los hermanos Jiménez Ramallo, de José Gamboa, del K'umpula Tordoya, del Mokho Herbas, Tilisco Vargas, Fructuoso Mercado Veizaga, Wilge Mareño, Canicho Gonzales, de los señores Juan Montaño Meruvia, Victor D. Rojas y Flavio Mareño, además de don Juan Guerra Villanueva, Jaime Hinojosa y tantos otros...

Precisamente, entre las comparsas que deleitaban al pueblo en aquel memorable martes de ch'alla, estaba el de la familia Rico, a la cabeza de los hermanos Eduardo, Olimpis y un selecto grupo de abogados, médicos y vecinos notables de Quillacollo, que conformaban una mascarada que sobrepasaba a un centenar de personas. A su paso por la calle "14 de Septiembre" se encontraron con la comparsa de don Cupertino Soria, el "Trinche Bigote", que se aprestaban a iniciar su paseo carnavalero.

Dada la tradicional rivalidad de ambos grupos, no se dejó de esperar el contrapunteo, correspondiendo a la familia Rico provocar con versos subidos de tono.

Muy airado y herido en su amor propio e inmoderada estimación de sí mismo, don Cupertino con voz severa y ronca, replicaba con otras coplas no menos ofensivas a la dignidad de la familia.

Ni bien hubo terminado, se armó tal trifulca, donde hombres y mujeres se trenzaron en gran batalla campal, con expresiones e imprecaciones ofensivas a la dignidad de los protagonistas.

Patadas, puñetes, arañazos se repartían a diestra y siniestra. Guitarras, concertinas, charangos volaban por los aires para estrellarse estrepitosamente en las paredes y aceras empedradas de la calle.

En un momento y cuando la pelea se ponía al rojo vivo, un grito ensordecedor dejó estáticos a los contrincantes, mientras don Cupertino trataba desesperadamente de hacerse soltar los testículos que los tenía aprisionados en las manos de una de las señoras. Gritaba de ira y vergüenza de verse impotente frente a una mujer. Tuvieron que intervenir varios caballeros de ambos bandos, para obtener la liberación del orgullo machista de don Cuper...

Pasado el incidente ambos frentes, magullados de golpes y las mujeres con los cabellos desgreñados se retiraban a sus cuarteles de concentración para seguir bebiendo y bailando hasta no poder.

Al día siguiente, Miércoles de Ceniza, ya con los ánimos serenados, pero aún con los humos en la cabeza, se vieron los rivales en la Iglesia de San Ildefonso cuando se celebraba la misa. Una y otra vez coincidían en mirarse de reojo, para retornar sus vistas con ligeras sonrisas hacia el Altar Mayor.

Concluida la ceremonia religiosa, al abandonar la Iglesia se estrecharon en un franco abrazo, con reiteración de mantener cordiales lazos de amistad y conservar la clásica rivalidad carnavalera.

Así de hermoso y bello; alegre y festivo era la celebración del carnaval de Quillacollo, por esa bella época.
Cada hecho, cada acontecimiento registrado en la vida de Quillacollo, constituye motivos de grata recordación para despertar recuerdos en el alma dormida en un sueño de lejanas distancias del tiempo.
JLZ// EFN

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